Recordó la primera vez de cada cosa en ese que sería su último momento. Su primer beso con el corazón que se salía del pecho, su primer día de escuela, su primer día de trabajo con las esperanzas en el futuro, su primer orgasmo, su primer cigarrillo, su primer trago, su primera pelea. Recordó cada primera vez, pero no recordaba las últimas. Las que hasta ese momento consideraba las más recientes, pero que se convertirían en las últimas en menos de 30 segundos. ¿El último beso lo dió al salir de casa? ¿Al cerrar la puerta del carro? ¿El último trago sería hace uno o 2 meses?
La última sonrisa sí la recordaría: Ella desde el andén le sonreía mientras él caminaba a tomar el tranvía. Recordaría la sonrisa, no solo porque le alegraba cada mañana, sino porque se convertiría en un grito, se convertirìa en miedo y desesperación.
El sonido del mundo parecía haber desaparecido, escuchaba sólo la campana que el conductor hacía sonar. El sónido metálico que sólo pedía que diera espacio, que se apartara de los rieles, pero que él ya había entendido que decía algo más: Todo acaba aquí.
Cuando sintió que era el último momento quiso llenarse de mundo. Tomar una gran bocanada de aire, mirar alrededor y llenarse los ojos de colores, escuchar el viento entre los àrboles. No quiso evitar el fin, o no pudo. Los pies pesados como plomo, la mente que iba a mil. Entendió que eso fue su vida: una mente que viajaba mucho más rápido y lejos de lo que el cuerpo le permitía.
Arrepentimientos, palabras no dichas, llamadas no hechas, abrazos postergados no pasaban por su mente. No sentía culpas, el miedo desapareció cuando entendió que era inevitable.
Sólo intentaba mirar alrededor para llevarse algo del mundo consigo. Cerró los ojos para no dejar escapar los colores, contuvo la respiración para no dejar escapar el aire fresco de marzo, no tenía cómo cerrar los oídos para retener el sonido, y se alegró de que fuera así, lo ùnico que lograba escuchar era el tintineo de la campana y no quería llevarse ese sonido. Un golpe seco, un ruido que lo invadìa todo, luego oscuridad.
Porque estas son las cosas que pasan en 30 segundos. En ese momento entendió que la vida son un montón de recuerdos de no más de 30 segundos, la hacen esas sensaciones. Lo entendió cuando a estos últimos 30 se superponían todos los otros, cuando la sonrisa de su madre en el primer día de escuela se confundía con las lágrimas de su padre en el último de la universidad.
Había una gran diferencia con este último medio minuto: él no estaría ahí para recordarlo.
La última sonrisa sí la recordaría: Ella desde el andén le sonreía mientras él caminaba a tomar el tranvía. Recordaría la sonrisa, no solo porque le alegraba cada mañana, sino porque se convertiría en un grito, se convertirìa en miedo y desesperación.
El sonido del mundo parecía haber desaparecido, escuchaba sólo la campana que el conductor hacía sonar. El sónido metálico que sólo pedía que diera espacio, que se apartara de los rieles, pero que él ya había entendido que decía algo más: Todo acaba aquí.
Cuando sintió que era el último momento quiso llenarse de mundo. Tomar una gran bocanada de aire, mirar alrededor y llenarse los ojos de colores, escuchar el viento entre los àrboles. No quiso evitar el fin, o no pudo. Los pies pesados como plomo, la mente que iba a mil. Entendió que eso fue su vida: una mente que viajaba mucho más rápido y lejos de lo que el cuerpo le permitía.
Arrepentimientos, palabras no dichas, llamadas no hechas, abrazos postergados no pasaban por su mente. No sentía culpas, el miedo desapareció cuando entendió que era inevitable.
Sólo intentaba mirar alrededor para llevarse algo del mundo consigo. Cerró los ojos para no dejar escapar los colores, contuvo la respiración para no dejar escapar el aire fresco de marzo, no tenía cómo cerrar los oídos para retener el sonido, y se alegró de que fuera así, lo ùnico que lograba escuchar era el tintineo de la campana y no quería llevarse ese sonido. Un golpe seco, un ruido que lo invadìa todo, luego oscuridad.
Porque estas son las cosas que pasan en 30 segundos. En ese momento entendió que la vida son un montón de recuerdos de no más de 30 segundos, la hacen esas sensaciones. Lo entendió cuando a estos últimos 30 se superponían todos los otros, cuando la sonrisa de su madre en el primer día de escuela se confundía con las lágrimas de su padre en el último de la universidad.
Había una gran diferencia con este último medio minuto: él no estaría ahí para recordarlo.